Por Juan Carlos Monedero *
“habrá otro –entre sí decía–
más pobre y triste que yo
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó”
(Calderón de la Barca)
más pobre y triste que yo
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó”
(Calderón de la Barca)

Sabemos que las luchas de ayer son los derechos de hoy. Aunque el tiempo todo lo dulcifica, sin cabezas cortadas de reyes nunca hubieran llegado los derechos
civiles (¿Ya hemos olvidado que sin la toma de la Bastilla no hay
Revolución Francesa?). Sin barricadas, incendios y confrontaciones, hoy
el voto seguiría siendo censitario, un privilegio para las clases con renta. (¿Hemos olvidado las revoluciones de 1830 y de 1848?). Sin la ejecución de los zares, sin Emiliano Zapata y Pancho Villa –la primera Constitución que recoge derechos sociales en el mundo es la de Querétaro de 1917. Por la simple razón de que ellos hicieron
su revolución antes–; sin la toma del Palacio de Invierno, sin la
revuelta espartaquista de Berlín o el levantamiento popular de los Crisantemos que trajo la república en Hungría en 1919, nunca
hubiera disfrutado Europa y América de derechos sociales. Por si no
bastara, tuvo luego que derrotar a las potencias del eje, que se
sostenían en una
derecha que, asustada y en crisis, decidió abrazar el fascismo como mal
menor. Y fue el mayo del 68 el que brindó el último empuje,
generalizando los derechos
de identidad –sexuales, de raza, género, edad– y clausurando, hasta
nueva orden, las maneras autoritarias heredadas del periodo de
entreguerras y la posterior guerra fría. Es ahí donde se miró, aunque de manera pacata, la Constitución española de 1978. Pero si los derechos de hoy son las luchas de ayer, las luchas de hoy debieran ser los derechos de mañana. Pero entretanto, alguien se quedó dormido…
Los Estados fueron privatizando lentamente –tardaron cuatro décadas– la función
crediticia, hasta llegar al disparate actual donde el Estado crea
dinero –en nuestro caso el Banco Central Europeo– que se lo entrega a los bancos privados –a un interés
del 1%– y estos luego lo vuelven a colocar en el mismo Estado a tipos
superiores. Si te traen el dinero a casa ¿para qué madrugar para ir a
ganarlo? El entramado “bancos-grandes empresas-clase política-medios de
comunicación” está perfectamente engrasado. Como un único cuerpo de ejército se reparten las funciones
para que la estafa quede encubierta bajo otros rubros más aceptables
por la ciudadanía. Cuando pensaron que la gente iba a echarse a la
calle a cazar a los políticos y a los banqueros a lazo, dijeron que había que refundar el capitalismo. Pero las gentes abandonaron sus “plazas Tahrir” y, como ahora en Egipto, regresaron los militares.
La cartelización de los partidos –convertidos en franquicias de un cártel con reglas fijas que deben cumplirse para pertenecer al club– los hace deudores de los bancos y de la lógica estatal donde ellos operan.
Dentro de esas reglas, no hay solución. Esta fase final del ciclo largo
–que históricamente se ha solventado, tras la burbuja financiera, con
guerras–, sólo se solventa si alguien aprieta los frenos de emergencia –una metáfora que acuñó el más heterodoxo de los frankfurtianos, Walter Benjamin, en la crisis de los años treinta–. Difícilmente van a hacerlo los políticos, los banqueros, los empresarios o la iglesia, todos beneficiarios de esta alocada carrera. Queda el chófer y, en última instancia, los que frenan los coches cortando las calles. Como sostiene Andy Merrifield, el derecho a la ciudad se conquista recordando que la ciudad también es de los que se van quedando en los márgenes de la misma, es decir, en los márgenes del empleo, la educación, la salud, la vivienda…
Tanto quejarnos de que los estudiantes no estudian y van, hacen suyas las calles e interpretan correctamente a la Escuela de Frankfurt y sus profundidades filosóficas. Esto es aprender sobre la marcha. Sólo suspenden los que se han quedado dormidos.
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