domingo, 8 de julio de 2012

Cuando la corrupción controla el poder, destruye las instituciones y se auto-reparten los bienes públicos

Hace ya como unos cuarenta años que se inició el giro hacia una desinstitucio-nalización de los derechos sociales, vinculados al Estado del Bienestar que la sociedad había venido fraguando fatigosamente desde finales del siglo XIX. La conquista de esos derechos no es algo que haya caído del cielo, sino que ha supuesto una lucha para superar todas aquellas situaciones de alienación y opresión que humillaban, esclavizaban marginaban o discriminaban al ser humano.

Existía una conciencia, más que una formulación jurídica, que afirmaba la igual dignidad de todo ser humano y esa conciencia nos llevaba a protestar por indignas situaciones concretas. Eran situaciones contra la dignidad humana. En Occidente, el tema de los derechos humanos no tiene sentido si lo desvinculamos de la dignidad de la persona humana.

Lo preocupante del tiempo que vivimos, desde los años setenta al presente, es que, quizás sin advertirlo o sin quererlo admitir realmente, estamos asistiendo a un ensañamiento descarado por parte del neoliberalismo, para derrotar esos derechos y descontruir las políticas del Estado del bienestar. Hubo un tiempo en que las desigualdades y los desequilibrios sociales eran admitidos por el mismo neoliberalismo como un mal y consideraba ético aplicar compensaciones contra esas desigualdades, que hicieran menos dolorosa la vida de los más pobres y desfavorecidos.

Hoy no. Hinkelammert dice que hemos pasado del liberalismo “utópico” al liberalismo “cínico”. Dicho llanamente: la globalización neoliberal ha emprendido directamente, como objetivo prioritario, la deconstrucción y reformulación de la idea de la dignidad humana. Esto significa que determinadas élites económicas, culturales y políticas, para allanar el camino hacia una acumulación ilimitada del capital, han pasado a hacer una guerra contra todo lo que sea límites jurídicos y políticos del Estado del bienestar.

Este capitalismo cínico no tolera que todos hayamos de asumir cargas sociales para la protección de los débiles, perdedores y extraños a la comunidad, para lo cual se propone eliminar los consensos anteriores sobre la dignidad humana y derechos sociales y eliminar la misión del Estado del bienestar, que ven como amenaza eminente para su libre mercado.

Pues bien, el capitalismo cínico afirma ser el único régimen válido y posible, con fallos estructurales muy graves ciertamente, pero que son límites de la realidad misma, por lo que no cabe más que aceptarlos, ya que no hay otras alternativas.

Este capitalismo anuncia sin rebozo la verdad del sistema, no hace falsas promesas, anuncia que lo que ocurre es intrínseco a su propio sistema. Las desigualdades, las injusticias, la cantidad de gente sobrante con problemas y carencias irremediables, son cosas consustanciales, que no se pueden compensar con sistemas de protección social. Todo es consecuencia del valor guía del modelo neoliberal: la competitividad.

Como muy bien escribe el profesor Juan Antonio Senent, “En las última décadas, se han sustituido las referencias al interés general y las promesas de una sociedad para todos, por el anuncio y celebración de un modelo de sociedad en el cual el valor guía es la competitividad…  El hecho de que se produzca desempleo, pobreza y exclusión para los perdedores prueba que el régimen funciona correctamente; pues tendrá como correlato el éxito profesional, la opulencia y el poder de los que se alzan triunfantes sobre el fracaso de los débiles. Para el capitalismo, no todos los seres humanos son dignos o valiosos, sino que esto se mide por su propio éxito, o “mérito”, y por tanto no todos serían merecedores de igual respeto y consideración…

En consecuencia, por más que ideólogos neoliberales reafirmen como sacrosanta la institución de la democracia liberal y el respeto de los derechos humanos, en los países occidentales la globalización neoliberal ha instaurado el “mercado libre”, como usurpador tanto de la soberanía política de las sociedades democráticamente constituidas como de la garantía de los derechos humanos”

La “libertad de mercado” es la regla suprema, que detentan e interpretan a su arbitrio los empresarios. Ellos, en caso de conflicto, determinan qué derechos humanos deben ser sacrificados.

El “mercadocentrismo” aparece, pues, en la modernidad neoliberal, en opinión de Hinkelammert, como institución suprema frente a la cual los seres humanos aparecen como piezas subalternas de la misma. El derecho a operar en el mercado es el que se sobrepone a todos los demás derechos, sean civiles, sociales o políticos. Sobreposición e imposición gradual, pero inapelable, de un “imperialismo económico” que no espera de los ciudadanos, más respuesta que la de un sometimiento ciego.
La justicia, en este enfoque neoliberal, coincide con el cumplimiento de la legalidad, que viene dictada por la sociedad de mercado, en ella son objeto de obediencia las leyes del mercado, el derecho de propiedad y la libertad contractual, no hay “otras reglas morales”. “Lo que se hace en el mercado y se produce desde él, es justo por sí mismo. Por ello no es posible una crítica del mismo en nombre de sus resultados, aunque genere condiciones de muerte para muchos seres humanos y para la propia naturaleza”.




Es sorprendente que una persona del espectáculo, salga públicamente a cantarle las cuarenta a un gobierno de buitres carroñeros, mientras los dirigentes de "izquierda y sindicales"  callan como conejos.

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